La larga marcha

La historia del whisky en Escocia esta llena de hitos, de pioneros y de fábulas fundacionales, pero pocos supieron darle tanta articulación al encuentro de la tradición con sentar las bases de una industria propiamente dicha como el caso de John Walker.

 

Y sin duda su fina estampa en movimiento ha sabido hacerse de un lugar especialísimo entre los consumidores locales. Para refrescar ese posicionamiento entre la prensa especializada y los bartenders Johnnie Walker convocó a un almuerzo con posterior cata en el Presidente Bar.

 

La ocasión también fue ideal para presentar el cambio de guardia entre el histórico Juan Carlos Baucher quien cedió su puesto al barownwer y respetado referente de la coctelería local Sebastián Maggi. Y aunque se recordará con cariño el  célebre histrionismo de su predecesor, es más que bienvenida la sapiencia, fruto del largo derrotero por las barras, del responsable de Shout.

 

Además del repaso por diversos hitos de la marca lo bueno también fue contar con todos los productos que pueden encontrarse a nivel local.

 

Digamos que la historia comenzó como la de otros colegas, como un almacén de delicatessen donde se destacaban los tés, los vinos y las espirituosas. Claro que la calidad de aquellos primeros whiskies dejaba mucho que desear ya que se trataba de un producto marcadamente más áspero que el que hoy conocemos. También se daba el hecho de que, siendo los métodos de destilación más rudimentarios, aunque podían conseguirse buenos whiskies de malta, la consistencia, eso que volvía única a determinada marca, no podía sostenerse de una partida a la otra. John Walker notó que la mejor manera de conseguir cierto nivel regular en su producto era mezclándolo, utilizando diferentes maltas que, al combinarse, dieran por resultado un destilado con personalidad propia, que fuera claramente diferenciable por su sabor pero, por sobre todo, por su calidad.

 

Con un producto que ya había crecido en sofisticación como para imponerse en cualquier mercado, para la destilería Johnnie Walker comenzaba su camino como proto-marca global. Siendo que su establecimiento estaba en Kilmarnock, Walker supo aprovechar la cercanía con el puerto de Glasgow y los aceitados canales de distribución de un Imperio donde nunca se ponía el sol para enviar su whisky a los cuatros puntos cardinales.

 

Mientras que la base de calidad de su producto es indiscutible, hay muchos puntos en la historia de sus usos a la hora de comercializarlo que fueron totalmente avant garde. La botella cuadrada, que rápidamente volvería altamente reconocible los whiskies de Johnnie Walker se debieron más que nada a la necesidad de ganar un 30 % más de espacio a la hora de embalar sus envíos. Pero su carácter icónico no se detendría allí. Puesto a buscar más detalles que distinguieran su whiskies, su hijo Alexander desarrolló la etiqueta en diagonal a 24 grados y al poco tiempo uno de los mayores caricaturistas de la época, Tom Browne, crearía la figura del caminante basado en una vieja fotografía de su padre. Esa imagen fue un reflejo cabal de la genealogía de una marca que había hecho del avance continuo su credo y su razón de ser.

 

Además de la historia y tanto anecdotario jugoso, lo interesante de la experiencia fue ir pudiendo probar las diferentes versiones, entendiendo además que cada una se adaptaba a una necesidad y a una situación de consumo específica. Desde el ubicuo y muy ahumado Red al subsiguiente Black. O al que apuesta a duplicar: el Doble Black. Entre las tantas propuestas se destaca el Green, que por motivos de escasez se “discontinuó” en la distribución por estas pampas hasta que, literalmente, el clamor popular hizo que regresara a las góndolas locales. Hay que destacar que este whisky es muy especial puesto que se trata de un vatted malt, esto significa que, a diferencia de sus hermanos, todos blends con malta y grano, éste es una de los pocos ejemplos de una mezcla conformada sólo por diferentes maltas pero sin nada de grano.