Un animal diferente

La expansión y el consecuente desacartonamiento del mundo del vino, ciertamente dan para todo. Desde las etiquetas de comic a los nombres rockeros. O las apioladas de unos imberbes gallegos que tiñen sus vinos de azul. Pero ese mismo impulso innovador también sirvió para que algunas bodegas se sintieran libres para experimentar.

 

Ernesto Catena Vineyards, pleno de espíritu lúdico, siempre se ha destacado por su carácter inquieto. Ya sea desde los nombres, las etiquetas  o sus propios vinos, ésta no es una bodega que se quede corta de ejemplos. Ahí tenemos el ladrillo de adobe para la magnum del Siesta, la pelota de pato del Tikal Locura o, más recientemente, las etiquetas que dibujó Liniers para los componentes secretos de su Alma Negra.

 

Pero en el caso de este último lanzamiento realmente han propuesto algo muy original y disruptivo. Se trata de su Animal L’Orange, primera incursión de la marca en el casi desconocido, al menos por estas latitudes, vino naranja.

Suerte de guiño pop viene en una botella panzona de 500 ml a mitad de camino, por la impronta, entre una gaseosa y una cerveza. Si no te parece bastante, blanca y con tapa corona. Para el caso se cambió la Rousseauniana (de Henri, no de Juan Jacobo) etiqueta de la línea por una más abstracta y cálida en amarillo y naranja.

 

Pese a todo este espíritu juguetón con este lanzamiento vuelve a ponerse de manifiesto otra característica recurrente de Ernesto Catena: que sea un producto pensado. Un experimento, sí, pero que no salió del aire. Los vinos naranjas pertenecen a una larga tradición georgiana donde la principal característica está en una maceración muy larga en contacto con mostos, pepitas y hollejos (10 meses en el caso que nos compete) para hacer una extracción más profunda de ciertos componentes que habrán de sumarse al vino resultante, claramente taninos y polifenoles. Esto  va a aportarle otra estructura y una inédita sequedad de boca para un vino de uva blanca. Aquí se eligió una mezcla de varietales. 70% Semillón de Agrelo más un 30% de Chardonnay de Tupungato.

 

Aunque fue nuestro primera experiencia nos gustó tanto el resultado que decidimos embotellarlo y sacarlo al mercado– cuenta Pablo Naumann, vicepresidente de Wine Artisanrecurrimos a una forma antigua de hacer vino, con una maceración muy larga y sólo un ligero batoneo para acompañar la integración y fermentamos en barricas de tercer uso. Había suficiente en el plato como para sumarle una madera más presente. Tampoco queríamos que nos guiara ningún preconcepto al punto que nuestro enólogo Alejandro Kuschnaroff nunca antes había probado un vino naranja

 

Decíamos que está muy bien esto de innovar y buscar nuevas expresiones del vino, pero mejor aún cuando dichos experimentos se sostienen por su propio pie. En el caso de este L’Orange mucho de esto salta a la vista. En rigor se trata de un vino con un tono más tirando a miel, dorado, que naranja propiamente dicho. En nariz hay un ligero toque ajerezado, fruto de la oxidación de haber estado tanto tiempo en maceración. Flores, con el azahar en primera fila. Lo ves, lo olés, pero lo verdaderamente distinto viene cuando llega a la boca. Tiene una estructura que no parece condecirse con el color y un tanino bien presente, lo que deja un ligero amargor en el final de boca. Hay una presencia interesante de notas lácticas y ácidas y algo de naranja confitada muy sutil. Habrá que probarlo con distintos platos pero desde ya se presenta claramente enaltecedor de quesos, me atrevería a sugerir de cabra. Aprovechando del carácter smoke friendly que parece suscribir la sempiterna pipa del dueño de casa, siempre que hacen algo en su espacio aprovecho para llevar un habano. Y eso me dió la oportunidad para “maridarlo”. Contra lo que suelo opinar en otras ocasiones sobre que el tabaco y el vino (especialmente el tinto) compiten por las mismas zonas del paladar y más se tapan que se complementan, aquí merced a la estructura y el ajerezamiento, casan de maravilla. Ojo avizor, está a muy buen precio y sólo se hicieron 1480 botellas. Y encima, la verdad sea dicha, ya nos encargamos de mermar las existencias.