Un irlandés en Maine

La charla con un autor y la posterior firma de ejemplares casi podría erigirse como una entidad dramática en sí misma. Desde lo que llevó a un Cordwainer Smith a cerrarse a cal y canto tras un seudónimo incluso hasta después de su muerte por no querer enterarse demasiado de si sus lectores eran los que alguna vez vió deambular por las convenciones de Sci Fi hasta la pesadilla devocional de Stephen King con Misery se abre todo un abanico de posibilidades con enorme potencial para la desilusión por ambas partes. Incluso separando al hombre de la obra: ¿Es buena idea tratar de conocer, aún en forma tan sucinta, al escritor que uno admira?

Hace ya unos cuantos años incluso había escrito sobre el tema bajo el título «Conocé a tus Ídolos» y en el terreno común entre el trío que allí se citaba corría un dejo agridulce al notar que todos acababan pareciendo «humanos, demasiado humanos«. Pero en cualquier caso ninguno de ellos estaba ya entre nosotros. Así que tamaña fue la sorpresa cuando se dió la posibilidad de cruzarme aquí, en Buenos Aires, con John Connolly.

Pese a tener una casa llena de libros y al hecho de haber sido un lector sumamente voraz admito que con el paso del tiempo la lectura en mí ha declinado el ímpetu de mis años mozos. Por eso fue que el descubrimiento de Connolly y su saga de Charlie Parker hace ya casi 20 años se volviera un hito. Y hasta un rito.

Entré por la puerta grande comenzando nada menos que con «El Ángel Negro«. Totalmente in media res aquella aventura de su creación más reconocida lo tenía en su prime, como se dice ahora. Una desaparición misteriosa, grandes personajes y los elementos sobrenaturales a todo galope. A partir de allí fue ponerse a buscar cronológicamente los cuatro libros anteriores, empezar a comprarlos en inglés cada vez que viajaba, volver locos a los amigos que viajaban cuando yo no lo hacía hasta finalmente pre-comprarlos en Irlanda para estar entre los primeros en poder acceder a cada nueva entrega. Precisamente por ello ya había podido leer «A River Red with Blood» cuando en la librería Grand Splendid, Tusquets Editores presentaba en español el previo «Hijos de Eva«.

En el segundo piso de la bellísima librería el haber llegado temprano y lo acotado de la convocatoria en redes hicieron que pudiéramos sentarnos casi al otro lado de la mesita donde conversaría con el presentador Horacio Convertini. Luego de saludar con un «Hola , soy John Connolly, autor de la novela detectivesca irlandesa de Charlie Parker » pidió permiso y disculpas en y por un español más que correcto con el que iba darse toda la charla.

«Irlanda es una nación joven y vieja al mismo tiempo con apenas una centuria y poco más desde su independencia pero también con una gran tradición folklórica por lo sobrenatural y los cuentos de hadas. Esta dicotomía, junto a las urgencias de la hora por la situación política, han conseguido que esa vocación por lo fantástico no se manifieste entre sus escritores más contemporáneos. Por mi parte no quería contar historias desde ahí sino escribir novelas detectivescas así que en un momento dado me puse a pensar en dónde podría llegar a desarrollarlas. Por supuesto que había una enorme tradición en Estados Unidos aunque sentía que ciudades como Nueva York o Los Ángeles estaban, de algún modo, saturadas. Y de pronto surgió Maine, una zona que había visitado y me causó mucha impresión por lo cercano de sus bosques y sus vastas áreas rurales. Claro que no había muchos detectives en Nueva Inglaterra. Aunque admito que para lo sobrenatural era el campo de juego por antonomasia de Stephen King. O Poe. O Lovecraft.

Así que había decidido que allí iba a contar las peripecias de Charlie Parker. Como no existía una tradición en la mezcla entre detectivesco y sobrenatural quise ir preparando al lector de a poco, que fueran sumándose hechos inexplicables en una forma más ambigua al comienzo y que fuera comenzando a aparecer lentamente la presencia del mal. Finalmente soy un escritor católico, creo en su existencia como también en la expiación y la posibilidad de redención.

En cuanto al tema de la escritura en sí trato de mantener una disciplina de trabajo que produzca unas mil palabras por día aunque no parto de un esquema completo. Más que planos detallados de cada novela a veces sólo cuento con un par de imágenes o alguna frase suelta. A partir de allí trato de comenzar a construir aunque también hay algo con lo que tengo que lidiar y es esa voz en mi cabeza que me dice que lo que estoy haciendo no vale, que lo abandone todo. Ahí es cuando paro, salgo a caminar con mi perro, me sirvo una copa de vino… o escribo algo totalmente distinto. Lo de las mil palabras lo siento como algo meramente muscular. Uno escribe porque cuenta con esa musculatura por así decirlo y como tal surge de un ejercicio sostenido. Adhiero a la definición de Bradbury cuando decía que la diferencia entre un aficionado a la literatura y en escritor profesional es que este último sí termina sus proyectos.

Decía que a veces uno sólo tiene imágenes y los escritores solemos andar con los ojos bien abiertos para hallarlas y nutrirnos de ellas. De hecho precisamente en la novela que estamos presentando, «Hijos de Eva» parte de la trama surgió de una visita al Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta. Me resultó muy sobrecogedor y triste ver las momias de niños que allí se conservan. Por otro lado también me interesaba escribir sobre los sentimientos maternales que mueven a la criatura que no es que sea esencialmente maligna. Solo quiere recuperar a sus niños a como dé lugar.

Con respecto a la saga de Parker, de la que se me ha dicho que le doy mucho desarrollo a los personajes secundarios al punto de que podrían tener sus propias novelas, (Nota mía: «The Reapers» es un ejemplo cabal con el protagonismo casi excluyente de Angel y Louis) me interesa escribir sobre la amistad entre los hombres. Uno ve que existen numerosos enfoques desgranando ese tipo relación entre mujeres pero no tanto así en la versión masculina. Creo que hay algo en el hecho de que los hombres no hablan mucho sobre eso, pero demuestran lo que vale ese vínculo entre ellos incluso, como en el caso de los asesinos profesionales semi retirados Angel y Louis, jugándose constantemente la vida por su amistad con Parker.»

Ante la voracidad famélica de las plataformas siempre me sorprendió que una saga tan concisa, entretenida y orgánica aún no hubiera sido llevaba a la pantalla. Fue una tranquilidad escuchar de boca de su autor qué planes tenían él y sus posibles productores sobre una eventual serie de Parker «Imagino que podría convertirse en una serie de cinco temporadas tal vez sin la necesidad de seguir el orden de los libros. Pienso que sería importante conseguir el shorwunner adecuado, que sepa ir y volver sobre el total de la historia. Y, hablando de eso, quisiera encarar el proyecto habiéndole dado un cierre a la saga. Por ello no va a repetirse la casi media actual de una novela nueva cada año. De hecho mi próximo libro no pertenecerá a la serie. Habrá que esperar un poco más para darle a esta epopeya la conclusión que se merece.»

¿Menos Parker? ¿Y no más Parker? Por mucho que me agrade el Sr Connolly creo que sería mejor que, si tiene un accidente por las desiertas rutas de Maine, no pase por mi cabaña para restablecerse y discutir a la Kathy Bates el fin final de mi personaje favorito.

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