Contar el valle

En lo que va de los históricos 90 litros per cápita a los desgraciadamente también históricos casi 20 actuales, muchas cosas han cambiado. La nueva fiebre de varietales y una reformulación del consumo del vino que en el fondo no se excede en espacio mucho más que las dos últimas décadas nos hace creer que nuestros abuelos gastaban sus copas del mismo modo que nosotros. Y sin embargo pocas cosas podrían estar más alejadas de la realidad. Previo al cambio de siglo la oferta era mucho más acotada, casi sin presencia de los nombres de las cepas en la etiqueta y con vinos que apenas se dividían entre tintos y blancos. O entre botellas y damajuanas.

 

Todo este derrotero se nos viene a la mente cuando aparecen ejemplos que quedan un poco a caballo entre lugares con alguna producción tradicional y la idea de desarrollar en ellos nuevas propuestas de calidad. Es el caso de Chañarmuyo, un encantador vallecito en las montañas riojanas. Si bien en esa zona exacta no existían plantaciones previas sí se reconocen zonas de producción cercanas. Aquí se inició un proyecto enológico con muy interesantes aristas que se expanden mucho más allá de la bodega. Es todo un logro iniciar inversiones que puedan revivir la economía de una comunidad y afianzarla socialmente. El pueblo, cuando comenzó el proyecto en 2002, tenía una población de apenas un centenar de niños y abuelos, puesto que los más jóvenes habían tenido que iniciar un éxodo forzoso en búsqueda de trabajo. Diecisiete años después esa población se ha quintuplicado gracias a los puestos generados por el emprendimiento.

 

En ese derrotero la marca fue cambiando desde su estética hasta su nombre para finalmente recalar en uno que reivindica su propia Indicación Geográfica. Dentro de esos ajustes se encuentra la reciente incorporación de Matías Prieto, un joven enólogo responsable de un golpe de timón que busca imponer Chañarmuyo como un área ligada a la producción de calidad. “Somos conscientes del hecho de que La Rioja esta más asociada a una imagen de cantidad antes que calidad, pero es precisamente desde nuestra bodega donde queremos comenzar a revertir esta visión– comenta el enólogo durante una cena presentando sus vinos- Las características de suelo y clima del valle nos permiten apuntar nuestros cañones hacia la concreción de vinos premium, que se destaquen por su complejidad e idiosincracia particular.” Hay que destacar que fue muy llamativo el perfil de su caballito de batalla, un Chardonnay de su línea inicial con muy poca incidencia de madera y una marcada acidez con notas de fruta muy frescas. Una verdadera explosión de tropicalidad. Y también es a consciencia que Chañarmuyo haya decidido, ex profeso, no recurrir al blanco norteño por antonomasia: el Torrontés. “Esta elección ha sido, precisamente, para marcar diferencias– continua Prieto- Creemos que este terroir puede brindar algo distinto a la producción más reconocible de vinos de altura. Y eso queda de manifiesto con nuestro Chardonnay, que se desmarca incluso del perfil más clásico de la cepa.”

 

Otra de las opciones son los rotundos tintos de la serie Gran Vino. Aquí se encuentran muy buenos niveles de concentración, con madera integrada y muchos terciarios de especia, cuero, tabaco y chocolate amargo. Se destacan, por supuesto, el Malbec y un recién llegado Cabernet Franc, si bien la línea también cuenta con Tannat y Cabernet Sauvignon.

 

La cata fue buena oportunidad para probar algunas de las versiones de últimas añadas de su extremo superior. La serie Viña Providencia ofrece dos ejemplares, un Malbec neto y un Blend de Malbec, Cabernets (Sauvignon y Franc), Tannat y Petit Verdot. Aquí está más presente la madera, roble francés de primer uso por 18 meses que sirven para integrar taninos que se amalgaman de forma harto elegante. Es de destacar cómo, conforme se sube en la escala de la bodega, la concentración y la corpulencia que uno podría atribuírles a la insolación en altura de este tipo de orografías, comienzan a convertirse en expresiones más amables y complejas.

 

A continuación fue el turno del notorio 5 Hileras, una muestra de lo más selecto que pueden brindar en Chañarmuyo que sólo estará disponible en lo que se consideren sus mejores añadas. En esta ocasión es un assemblage de Malbec, Tannat y Petit Verdot con 24 meses de barrica seleccionada de roble francés de primer uso y con la orgullosa efigie del caudillo local, Facundo Quiroga dominando una etiqueta cruzada con la insignia federal.

 

Para cerrar hubo estreno de dos de las nuevas apuestas de la bodega, dos espumantes exclusivamente realizados con uvas locales (hay que recordar que hubo una primera versión con uvas de otro origen) que prometen beneficiarse de la muy buena acidez que aportan las bajas temperaturas y la marcada amplitud térmica de las laderas del Paiman.