Ilustración: Jorge Blanco
PARECIERA QUE, DE LAS MUCHAS TRADICIONES QUE SURGEN DE LA CELEBRACION DE LA PASCUA, O BIEN NO SE CONOCEN SUS ORIGENES O BIEN SE LOS MALINTERPRETA. HE AQUÍ UN INTENTO POR DESOVILLAR LA APRETADA MADEJA DE LAS RAZONES DE UN EVENTO QUE CADA CULTURA TRATA DE FESTEJAR A SU MANERA.
Para los cristianos, algunas de las tradiciones pascuales pueden tener sentido viéndolas de a una en fondo, pero apenas se trata de reunirlas a todas, el conjunto empieza a hacer agua por los cuatro costados. ¿Se fomenta la ingesta de pescado porque el pez fue símbolo de Cristo (Ichtys es su anagrama en latín y se lo utilizó para reconocer a sus seguidores durante la persecución romana) o sólo para reemplazar a la carne? ¿Durante la cuaresma se debe ayunar mucho, poquito o nada? Si no todo está tan claro, vale decir que por lo menos todos estos interrogantes surgen de la misma fuente. ¿Pero, qué hacer cuando se pretende meter al cordero, las roscas, los huevos de chocolate y por sobre todo al inefable conejo de Pascua en la misma foto?
ACLARANDO LOS TANTOS
En los albores de la cristiandad el tema de la práctica del ayuno durante la cuaresma y su culminación en la Pascua fue un verdadero pantanal eclesiástico. Existen registros de distintos Padres de la Iglesia clamando por una doctrina que unificase de una buena vez los usos de este momento cúlmine de la fe cristiana.
Antes de entrar en materia sobre los múltiples intentos de unificación de los ritos pascuales hay que entender que la Pascua misma no fue un invento de la cristiandad y que antes y después de Cristo se la celebró por distintas razones y por los más diversos pueblos. El peso de la Historia fue moliéndole los bordes a una celebración que hoy es una amalgama de prácticas tanto devotas como paganas.
El término se utilizó por primera vez en el 1513 antes de Cristo para hacer referencia al fin del Éxodo del pueblo de Israel en el desierto y los 40 años que pasaron allí. Para recordarlo, los israelitas comían hierbas mojadas en vinagre, un símbolo de las amarguras que debieron afrontar en su periplo. Otro alimento típico es el pan ázimo. Se trata de un pan amargo y carente de levadura. Es sabido que hacer levar el pan conlleva disponer de un tiempo del que el pueblo judío careció durante cuatro décadas. Echados al desierto, los israelitas pronto se convirtieron a los usos de los pueblos nómades y de allí nace el concepto del cordero pascual. Para estos pueblos en constante movimiento, el ganado era de enorme valor y por ello se consideró como el más importante símbolo de unidad el sacrificio de un cordero que debía compartirse con los miembros de otro clan. También de esta tradición se desprende la imagen de Cristo como Cordero de Dios, el padre que entrega a su único hijo como muestra de su alianza con el hombre.
La pascua judía se celebraba el 14 de Nissán (un mes que en el calendario moderno abarca una franja imprecisa entre marzo y abril) y Jesús decidió festejarla con sus discípulos en la Última Cena. Él mismo se refirió a la Pascua (ahora una incipiente parte de la liturgia cristiana) como el tiempo en que “el novio les será arrebatado”, ya que comparaba su postrer banquete con el de una boda y muchos estudiosos de la Biblia entienden que se refería a la culminación de la Semana Santa (el viernes y parte del sábado en las que se extenderían las 40 horas que Cristo tardó en resucitar)
CONCILIEMOS
Una vez nacida la pascua cristiana surgieron problemas a la hora de establecer cuándo festejarla, ya que los primeros cristianos eran súbditos de Roma y ésta no se regía por el calendario judío. Luego de una primera persecución, el gobierno imperial decidió, al no poder doblegar a la naciente fe, ponerse al frente de ella. Así fue que el Emperador Constantino convocó en 523 al Concilio de Nicea que debía sentar jurisprudencia en varios campos. En el famoso Canon Quinto se estipula que la Pascua habrá de ser festejada de acuerdo a un nuevo calendario unificado que es el mismo que aún utilizamos en Occidente: el Gregoriano. Y se sientan las bases de cómo debía practicarse el ayuno. Sin embargo parece que este ítem no sirvió para agotar el tema y cada cual acabó interpretándolo como quiso. Sócrates, el historiador (no confundir con su tocayo filósofo) dice: “Algunos se abstienen de cualquier criatura viviente mientras que otros, de entre todos los seres vivos solamente comen pescado. Otros comen aves y pescado pues, según la narración mosaica de la creación, estos últimos también salieron de las aguas.” Por su parte San Gregorio, parafraseando a los veganos más recalcitrantes manifiesta: “Nos abstendremos de la carne y de todo aquello que viene de la carne, como la leche, el queso y los huevos.”De todos modos, parece que para todas las fuentes, la razón de comer pescado era, ante todo, por oposición a las carnes rojas, las cuales por ser mas nutritivas se asociaban con un plus de energía siempre a punto de ser utilizado para alguna macana. Con respecto a la presunta humildad de los frutos de mar ante los precios de la carne, hay teólogos contemporáneos que se quejan de que la carestía de estos productos conforme se acercan las Pascuas han desvirtuado por completo al pescado como símbolo de tal cosa.
OTRAS VOCES, OTROS ÁMBITOS
En inglés la palabra pascua (eastern) hace alusión tanto a la cuaresma como a la primavera. De hecho Easter es el nombre de la diosa teutónica de la luz y la fertilidad. Ahora bien, si algo le faltaba a esta ensalada de creencias era que, en el hemisferio norte, la Pascua y la primavera se festejaran juntas. Por ello, a la celebración pagana se le sumaron los atributos con los que Easter solía ser representada: el huevo y la liebre. En muchas iconografías religiosas el huevo funge tanto como símbolo del mundo, del alma y de la energía vital. Por su parte, la inveterada vehemencia de los conejos a la hora de reproducirse hacen que huelguen las explicaciones del porqué de su condición de laderos de tal diosa.
Los huevos eran tan valiosos en la Edad Media que muchas veces se usaban como instrumento de pago. Sin medios para conservarlos y con un período de 40 días por delante donde no se los podía consumir, se dió la costumbre de cocerlos para su conservación. Luego, en Semana Santa, se festejaba el fin del ayuno regalándoselos a parientes y amigos. A alguien se le ocurrió la idea de teñirlos recurriendo al jugo de las cebollas coloradas y de allí no hizo falta mucho para terminar con los huevos barrocamente decorados que incluso en la actualidad regalan los católicos ortodoxos rusos.
Entre los británicos se extendió la práctica de regalarle huevos decorados a los niños de la casa que sus madres solían ocultar en el jardín. Cuenta la leyenda que mientras un infante sajón hurgaba entre la maleza vió salir corriendo a un conejo y de allí surgió la creencia de la liebre que, en las mañanas de Pascua se toma el trabajo de visitar cada jardín para esconder los huevos que, andando la historia, acabarían volviéndose de chocolate.
Otro clásico pascual, la rosca, también sufrió sucesivas metamorfosis ya que en el principio no era dulce sino un pan trenzado redondo que pretendía emular la corona de espinas de Cristo. Finalmente la forma fue suavizando sus aristas y se la endulzó como símbolo de regocijo. Y se le colocaron los huevos cocidos que hoy la adornan.
LOS HIJOS DEL MAR
De la helada Bretaña al sol abrasador del Caribe. El generoso sincretismo de la Pascua ha dado lugar a dramas ecológicos impensados. Porque, si a la base católica de los colonizadores caribeños se le suman las creencias animistas africanas que derivaron en el vudú y la santería, ahí sí que se va a armar la rosca. O no, precisamente. En esa cultura no se consumen los huevos de chocolate (tal vez por pura prepotencia del clima), pero la prohibición de la carne le cuesta la vida a una variopinta pléyade de animalitos de Dios. En una edición de Biodiversity Report, un colega se queja amargamente de las repercusiones de los consumos de Pascua en Colombia y Venezuela donde la carne y los huevos de iguanas y tortugas son blanco de los gourmands más devotos. Otro bicho con destino infausto es el pobre chigüiro (que, de no haber entendido mal su descripción sería una suerte de carpincho) Claro que nadie es tan bruto para pensar que la carne de este roedor hipertrofiado no sea tan roja como la de cualquier res. Pero aquí entra a terciar la tradición vudú, que considera su carne pletórica de bondades mágicas puesto que lo consideran sumamente “puro” por tratarse de un animal salvaje.
En semejante berenjenal de culturas, religiones y costumbres parece que la Pascua tiene algo para cada quien. Y las más diversas criaturas de la Creación pagan con su vida cada fin de marzo al punto tal que el mismísimo Grupo de los Cien, volviendo al drama del Caribe, instó a Su Santidad a que le recordara a los fieles de su grey que, aunque salgan del mar “las tortugas no son peces”.



