Empanadeña

Si pudiéramos imaginar un país de cosas ricas, como el que tenía Willy Wonka en su Fábrica de Chocolates, quizás cabría también establecer una Nación de la Empanada donde reinaría amorosamente La Chacha. María del Carmen Vicario sería sin duda la primera merecedora del gentilicio, empanadeña, compartido con muchas y muchos de sus colegas a lo largo y ancho de ese país maravilloso. Quienes sin duda creen en sus derechos reales fueron (somos) los que nos dimos cita en la presentación de su libro en Narda Comedor.

 

«Las empanadas de La Chacha» es el título recién sacado del horno por Editorial Catapulta con el total apoyo de Bodegas Santa Julia y La Casa del Visitante, el restaurant en bodega en el que esta eximia cocinera hace diario el arte de alimentar con amor.

 

Los datos, siempre los datos, pueden decir que entró a trabajar en 2004 o que ganó el Premio a la Mejor Empanada de la Argentina en 2018. Pero esos datos no significan mucho sin haber visto su rostro, haber sabido su historia. O haber probado sus empanadas. No significan tanto como ver el respeto, el cariño y la admiración que despierta en sus «jefes», sus compañeros o sus colegas más reputados. No se pueden entender con justicia sin leer algo de su historia. Una historia cimentada con el trabajo duro desde siempre, la responsabilidad y el talento que la fueron llevando de lavar los platos del restaurant a ser la responsable de sus fuegos.

 

Algo de eso, de esa comprensión difícil de transmitir, hay en que a Julia Zuccardi le cueste hablar y decida remitirse al bello prefacio que le dedicó en su libro, sin poderlo terminar de leer por atragantarse con un llanto lindo, que tuvo una segunda fuerte en la agasajada, y que no dejó un ojo seco entre los que intentaban escuchar azorados.

 

Hay que ver a La Chacha, a María del Carmen, refiriéndose a la cocina como un ámbito de hombres y mujeres mancomunados, donde se canta, se baila y se ríe. Hay que ver las marcas de unos ojos que han sufrido pero que, desde la luz de sus pupilas, sonríen. Agradecidos, como su boca generosa que sonríe. Sonríe siempre.

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