Los Pérez

Así arranca la historia: Boda de un amigo y entre los invitados una pareja, los Pérez, que nos advirtieron se estaban separando. Como eran muy amigos de los novios por supuesto que no iban a faltar en tan magno evento pero todos imaginábamos que la mesa esa noche iba a ser un campo minado. Así que allá fuimos tratando de no hablar sobre inminentes vacaciones, comprar un auto o cualquier amague de futuro cercano compartido. Ellos, ni si ni no. Y de pronto arrancó el baile y contra todos los pronósticos, el Pérez se levantó, tomó de la mano a su exesposa en ciernes y la invitó a la pista. No lo podíamos creer. Verlos bailar era algo tan cercano, pasional e íntimo que a alguien se le escapó «Si así son cuando están mal…»

No sé qué tanto vale celebrar la épica de los finales pero no pude dejar de pensar en aquella noche mientras compartíamos con otros amigos la comida del Santa Evita.

Por trabajo ya conocía a Gonzalo y Florencia pero fue recién hace un par de años cuando por su vecindad a La Casa del Habano comenzamos a vernos con mayor asiduidad y desde otra cercanía, caer en la cuenta de que su restaurante no era sólo un negocio sino una elección de vida.

De los comentaristas profesionales se espera que seamos eso: profesionales. Ni líricos ni demasiado técnicos, pero a veces, como ahora, uno cree que hay ocasiones que ameritan que nos salgamos un poco del libreto.

El Santa Evita parece un bodegón farmeando aura peroncha a full pero sus responsables ejecutan todos sus platos con técnicas de alta cocina y sin respuestas fáciles para una carta realmente nacional y popular. Hay búsqueda de sabores y productos ricos, buenos y gustosos y carnes de excelencia pensando en ciervos o jabalíes más como una opción campera antes que de carnes de caza. Buscan las especias en cada provincia, los vinos grandes y chicos de un Claudio Maza o un Palo Domingo o simplemente buenas etiquetas desnudas que visten con la efigie de la patrona de la liturgia peronista.

La música sólo habla español del nuestro desde Charly Garcia a una baguala o un bolero digno de partirle el corazón al más templado. Y, cada tanto y de la nada, explota la Marcha Peronista. Soy de la idea de que es La Marsellesa de los himnos partisanos. Tiene una cosa que arranca y te lleva a cantar por más gorila que seas y es como una misa chiquita, compartida entre los murales repletos de las frases y las firmas de los que pasaron y la memorabilia justicialista más conspicua. Mientras existen tantos lugares «temáticos» El Santa Evita hace gala de una organicidad que apabulla, pero también enternece.

Precisamente como un oasis que se va agostando en este presente de rispideces de la economía y del alma, la misma realidad en la que se destacan también los fue mellando. Y cuando termine septiembre cerrarán, fluirán y seguramente serán alguna otra cosa. Creo en la reencarnación de los trabajos del amor y del talento. Como decía la canción «nos veremos otra vez«. O mejor aún: Volveremos.

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